El peluquero

Desde que tus abuelitos Gil y Dorita se devolvieron a vivir a Colombia, no ha sido fácil para mí encontrar un peluquero. Betty, la señora que solía hacerlo, una vecina de los abuelitos —y una gran amiga de la abuelita—, me cortaba el pelo en su apartamento cuando iba a visitarlos. Como ahora no tengo muchas excusas para ir a ese lugar y Betty tiene ocupaciones adicionales, ya no es tan fácil como antes.

De todas maneras, con tantas cosas encima, tampoco es que me quede mucho tiempo para cortarme el pelo con frecuencia, así que solo lo hago cuando ya no hay mucho escape (es decir, cuando ya estoy tan mechudo y barbudo que empiezo a pensar que Trump va a enviar a ICE a deportarme).

Por un tiempo intenté con Michael, otro amigo cristiano que también es peluquero. Pero, entre otras cosas, su agenda, como la mía, vive muy llena, así que cuadrar los horarios le quedaba difícil. De modo que en algún sábado de hace unos tres o cuatro meses tuve que buscar una peluquería porque tenía un evento importante (!) y terminé en un sitio cercano a nuestra casa donde los peluqueros, que eran hispanos, oían reguetón a todo volumen (canciones que yo nunca había oído y cuyas letras eran más malogradas que las que sí conozco) y tenían conversaciones completamente obscenas y desagradables de lo que habían hecho la noche anterior que me torturaban los oídos. Así que entre “la música”, las letras de las canciones y la conversación, con sus constantes groserías y el obvio maltrato al español, el mejor momento de mi corte fue cuando salí del lugar.

Hace un par de meses retomé mi buenísima costumbre de tener caminatas de oración. Mis oraciones son muy auténticas y reales cuando camino a solas con Dios, mientras que en la casa me despisto más. Entonces comencé a orar por dos cosas muy puntuales: primero, por que Dios me abriera puertas para hablar de Jesús y el Espíritu me diera la valentía para hacerlo; segundo, por que pudiera por fin volver a oír la voz del Espíritu guiándome… que, para mi vergüenza, dejé apagar por las preocupaciones del mundo cuando tú naciste. Creo que la última vez que la había oído fue cuando nuestro buen Dios nos reveló que ibas a ser un niño y me dijo que te llamara Juan.

El día específico en que comencé a orar por que Dios me permitiera volver a hablarle a alguien de Jesús, un viernes, también tenía que cortarme el pelo (otro evento…) y no tenía adónde ir porque ni Betty ni Michael estaban disponibles. Yo había ido a trabajar a la biblioteca de Sunrise y mi plan era conseguir por ahí cerca una peluquería al terminar, antes de irme a la casa. Entonces ocurrió algo maravilloso cuando salí de la biblioteca. Volví a oír la voz de mi Señor que me decía: «Ve a la peluquería a la que fuiste la última vez, el peluquero necesita oír las buenas nuevas de Jesús».

Déjame hacer aquí un paréntesis. Por un lado, no hay nada que produzca más vida que la voz de Dios (ocurre en el corazón del hombre tal como en Génesis 1). Esto es cierto hasta cuando Dios nos está disciplinando: su voz, su Palabra —es decir, Jesús—, es vida por definición. Por eso cuando Dios le habla a Job, él se sana. No importa que sus amigos le hubieran hablado con palabras llenas de lógica… Dios no estaba en sus palabras y Job terminó sintiéndose peor después de oírlos. Sin embargo, cuando Dios le habla a Job, lo reprende, pero su corazón se sana. Porque las palabras de Dios son vida en abundancia. Así que cuando yo oí la voz de Dios, volví a sentir un torrente de vida que recorría todo mi ser. Por otro lado, la voz de Dios es siempre inesperada, tiene su dosis de humor negro y no se ajusta a nuestra lógica humana. ¿A la misma peluquería de la que había salido tan aburrido la última vez? Esas son las cosas que solo se le ocurren a Él.

Pero yo he aprendido que a Dios no le discuto. Él siempre, siempre, siempre, tiene la razón. Así que eso hice. Me fui para la consabida peluquería a cortarme el pelo. Más aún, le dije: «Señor, si de veras eres tú, pues que el mismo peluquero de la vez pasada me corte el pelo sin que yo fuerce la situación». De modo que llegué, me senté a esperar y le escribí a mami que estaba en la misma peluquería de la última vez porque Dios me había dicho que fuera allá (go figure!). La música estaba a todo volumen, pero esta vez era salsa (¡y ahora sí me las sabía todas!). Además, había llevado un libro de mecánica estadística y grandes desvíos que estaba estudiando para un grant. Así que simplemente me senté a orar para que Dios obrara, mientras leía mi libro y cantaba en voz baja cuanta canción sonaba… cómo logré hacer las tres cosas es algo que me sigue pareciendo un milagro.

Había otro cliente esperando y cuatro peluqueros, el que me cortó el pelo la vez anterior inclusive. Todos estaban ocupados. Nadie me saludó cuando llegué. Pero yo estaba quieto y a la expectativa; mi plan era que quien me atendiera fuera el de la vez anterior, pero sin que yo forzara la situación. Una media hora después, el primer peluquero en desocuparse, salió e inmediatamente se fue por la puerta de adelante. Otra media hora después, se desocupó el segundo y se fue por la puerta de atrás. Quedaban dos peluqueros. Todos me habían ignorado como si no estuviera ahí. Yo seguía orando. En algún momento de esa primera hora, se desocupó el señor que antes me había cortado el pelo y atendió al otro cliente que estaba esperando. Más interesante fue que llegó otro cliente después de mí ¡y este peluquero lo atendió antes que a mí! En ese momento, como una hora después de haber llegado, el peluquero por fin me dirigió la palabra para excusarse diciendo que el otro cliente estaba desde antes, pero se había ido y regresado una vez más. Y pasó a conversar con el otro peluquero para decirle que me atendería el primero en desocuparse. Así que seguí orando, leyendo y cantando salsa ahí sentado.

Fueron como dos horas de espera cuando por fin quedó libre el peluquero de la vez anterior (cada corte y barba deben ser unos 40 minutos) . Me cortó el pelo, me hizo la barba y esta vez le intenté hacer conversación a ver si se abría alguna oportunidad de hablarle de Jesús. Al final, algo apenado, me dijo que guardara su número de teléfono para que la próxima vez pudiera reservar turno y no tuviera que esperar tanto. Me dijo que los domingos en la mañana el lugar estaba muy desocupado. Yo le dije que en ese horario no podía porque solíamos estar con mi familia en la iglesia. La mención de la iglesia le pareció muy interesante y comenzó él mismo a indagar por ello. Le conté que había una sede donde los servicios eran solo en español en Coral Springs y le pareció maravilloso porque él vivía por esos lados. Entonces le dije: «Quiero que sepa que vine aquí, porque Dios me dijo que viniera aquí a hablar con usted; por eso me quedé todo el tiempo esperando ahí sentado». El tipo quedó sorprendidísimo. Le pregunté si había algo en particular por lo cual pudiera orar por él. Me contó que su esposa estaba a punto de dar a luz su segunda hija, la primera en Estados Unidos. Estaba notoriamente ansioso por ello. Le dije que con mucho gusto oraba por él. Su familia y él comenzaron a asistir a la iglesia hispana. Una semana larga después, la niña nació.

Te cuento todo esto con los detalles desde el principio, para que veas cómo obra Dios. Todos los obstáculos que por tantos meses tuve para cortarme el pelo tenían un solo propósito: llevarme a este peluquero en quien Dios, en cuya mano están todos nuestros tiempos, ya tenía los ojos puestos. Más aún, Dios sabía desde la eternidad que aquel viernes yo iba a orar por que abriera las puertas para que yo le hablara a alguien de su amor y gracia y había preparado las cosas de acuerdo con mi oración. Esta idea es abrumadora. Por eso dice el Salmo

Tú, Señor, me has examinado y conocido.
Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme;
has entendido desde lejos mis pensamientos.
Has escudriñado mi andar y mi reposo,
y todos mis caminos te son conocidos.
Pues aún no está la palabra en mi lengua,
y, he aquí, Señor, tú la sabes toda
.
Tal conocimiento es demasiado para mí;
Alto es, no lo puedo comprender
¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos!
¡Cuán grande es la suma de ellos!
Si los enumero, se multiplican más que la arena.

Su voz volvió y calmó la sed que había en mí por volver a oírlo. Desde esa vez, muchas otras oportunidades sorprendentes he tenido de hablarles a otros de su amor. Ya te las contaré y también te contaré lo que he aprendido. Por ahora, considera la forma sorprendente en que Dios me respondió las dos peticiones en una, teniendo al tiempo cuidado de la vida eterna del peluquero: es algo que solo Él puede hacer. ¡Bendito sea mi buen Señor!

Dios calmó la tormenta en tu cumpleaños

Ayer fue tu cumpleaños número 3, hijo. ¡Estabas tan feliz! Mamá y yo te vemos todos los días y no nos cansamos de darle gracias a Dios por tu vida. Nuestra oración diaria es que sigas creciendo hasta convertirte en un gran árbol en el que las aves del cielo vengan y hagan sus nidos, y que seas un lugar de reposo y sombra para muchos bajo tus ramas. No obstante, solo hay una forma en la que eso va ser posible: si pones tu confianza en el Señor y no en los hombres, cosa que te incluye a ti (Dn. 4:19–27).

A mamá y a mí, y con toda seguridad al resto de la familia (mira este devocional que la abuelita Dorita escribió por tu cumpleaños), nos encanta ver que las promesas que Dios te hizo desde antes de nacer se van concretando en tu vida.

Hace un par de semanas, te caíste de la mesa de centro y te doblaste el pie. No pudiste moverte por un par de días, pero tú mismo oraste por tu sanidad y el Señor te sanó. Verte corriendo, saltando y gritando feliz por toda la casa que el Señor te había sanado llenó nuestros corazones. Desde ese momento, has orado todos los días dándole gracias a Dios por haberte sanado. Por supuesto, nadie se alegró más que Dios.  

Así, la semana pasada, cuando estuvimos donde los abuelitos M&M y viste que la abuelita Marthica estaba enferma de su pierna (de la ciática), pusiste tu mano en su pierna y oraste por ella pidiéndole a Dios que la sanara, ¡y toda la semana la abuelita estuvo bien!

Pues bien, ayer llovía torrencialmente en el sur de la Florida. Varios nos preguntaron si íbamos a cancelar la celebración en el parque que habíamos reservado. Pero tú oraste pidiéndole a Dios que escampara para que tú pudieras celebrar, ¡y así ocurrió! A pesar de que el día estaba completamente tapado, el cielo se despejó y pudiste jugar feliz toda la tarde, hasta saltando con tu primo Sebas en los charcos que dejó el aguacero. Porque ese es nuestro buen Dios: en su gracia, Él toma las cosas que no nos parecen tan buenas —como el aguacero que se interponía con tu celebración— y las transforma en bendiciones y motivo de felicidad.

Sin embargo, la cereza en el pastel estaba por llegar. Ya de vuelta en la casa, en nuestro momento devocional, cuando estábamos leyendo juntos la Biblia como solemos hacerlo cada noche, nuestra lectura correspondía precisamente con la historia en la que Jesús calma la tempestad. Entonces lo entendimos: Dios quería que te quedara claro, muy claro, que fue Él quien calmó la tormenta para ti. Porque te ama y quería regalártelo de cumpleaños para que pudieras disfrutar, sí; pero sobre todo para que pudieras fortalecer tu fe y dar testimonio de Él. No se me ocurre un regalo mejor.

Va a llegar el día en que tu fe será probada. Que en esos momentos recuerdes instantes como estos para fortalecerte, para que seas como un árbol plantado junto a corrientes de agua que da su fruto en su tiempo y su hoja no cae, y todo lo que hace prospera. No lo olvides nunca: al Dios que te ama hasta el viento y el mar le obedecen.

Lo que hemos visto y oído

Durante toda la vida de Josué, el pueblo de Israel sirvió al Señor. Así sucedió también durante el tiempo en que estuvieron al frente de Israel los jefes que habían compartido el liderazgo con Josué y que sabían todo lo que el Señor había hecho por Israel (Jos. 24:31).

¿Por qué Israel sirvió al Señor durante toda la vida de Josué y de los jefes que compartieron el liderazgo con él? Porque «sabían todo lo que el Señor había hecho». No se lo contaron, sino que lo vivieron. ¿Cómo iban a negar que vieron detenerse las aguas del Jordán para que ellos cruzaran? ¿Cómo iban a negar que después de una estrategia de guerra rarísima (por no decir absurda) vieron caer las murallas de Jericó cuando tocaron las trompetas? ¿Cómo iban a negar que vieron que Dios le revelaba a Josué, entre todo el pueblo, quién había sido el rebelde que los llevó a la derrota de Hai? ¿Cómo iban a negar que vieron el sol y la luna detenerse para que pudieran derrotar por completo a los reyes amorreos? ¿Cómo iban a negar que justo cuando ellos llegaron a la tierra prometida las avispas atacaron a sus enemigos? ¿Cómo iban a negar que vieron a Josué derrotar a 31 reyes, conforme a la palabra que le había dado el Señor? Uno puede racionalizar un milagro o dos, pero cuando vivir en el milagro se vuelve el pan de cada día, las disculpas se acaban. No hay forma de negar que no son coincidencia o que uno se lo imagino.

De la misma manera, los apóstoles no podían negar lo que vieron, lo que oyeron, lo que tocaron con sus manos. Fue lo que experimentaron lo que los llevó a hablar. Por lo tanto, lo que hablaron fue lo que experimentaron. No otra cosa. Así cambiaron el mundo. Su teología no era nada diferente a lo que experimentaron. ¿Cómo iban a negar que lo vieron perdonando pecados y levantando paralíticos? ¿Cómo iban a negar que lo vieron abriendo los ojos de los ciegos? ¿Cómo iban a negar que lo vieron sanando la piel de un leproso? ¿Cómo iban a negar que lo vieron resucitando muertos? ¿Cómo iban a negar que lo vieron caminar sobre el agua? ¿Cómo iban a negar que lo vieron calmando el viento y el mar en medio de una tempestad? ¿Cómo iban a negar que lo vieron alimentar a cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños, con cinco panes y dos peces? ¿Cómo iban a negar que lo vieron resucitar a Él de los muertos? ¿Cómo iban a negar todo el resto de cosas que vieron? Por eso dijeron Juan y Pedro lo siguiente:

Lo que ha sido desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado, lo que hemos tocado con las manos, esto les anunciamos respecto al Verbo que da vida. Esta vida se manifestó. Nosotros la hemos visto, damos testimonio de ella y les anunciamos a ustedes la vida eterna que estaba con el Padre y que se nos ha manifestado. Les anunciamos lo que hemos visto y oído, para que también ustedes tengan comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Les escribimos estas cosas para que nuestra alegría sea completa. Este es el mensaje que hemos oído de él y que anunciamos (1 Jn. 1:1-5).

Mas respondiendo Pedro y Juan, les dijeron: Vosotros mismos juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído. (Hch. 4:19–20).

Volviendo a Josué y a los líderes que estuvieron con él, cuando todos ellos murieron, «surgió otra generación que no conocía al Señor ni sabía lo que Él había hecho por Israel» (Jue. 2:10). Como esa generación no conocía a Dios, «cada uno hacía lo que le parecía mejor» (Jue. 17:6, 21:25). ¿Qué más iban a hacer? El libro de Jueces, desde el capítulo 2 en adelante, es un testimonio nauseabundo y absolutamente desagradable de lo que es un pueblo lleno de religión pero que no conoce a Dios y por lo tanto no ha visto sus obras ni experimentado su poder.

¿Es posible no creer después de haber visto, oído, tocado y experimentado el poder de Dios? Sí. Es posible. Y es precisamente esta la gente para la cual no hay perdón de sus pecados. Aquí caben el pueblo que pereció en el desierto por no haber creído a Dios después de sus portentosas obras a favor de ellos, Judas Iscariote y todos aquellos de quienes la carta a los Hebreos dice lo siguiente:

Es imposible que aquellos que han sido una vez iluminados, que han saboreado el don celestial, que han tenido parte en el Espíritu Santo, que han experimentado la buena palabra de Dios y los poderes del mundo venidero, pero después de todo esto se han apartado, renueven su arrepentimiento. Pues así, para su propio mal, vuelven a crucificar al Hijo de Dios y lo exponen a la vergüenza pública (He. 6:4-6).

Esta es la blasfemia contra el Espíritu Santo. De hecho, Jesús acusa a los fariseos de haber blasfemado contra el Espíritu cuando, después de haber visto el poder del Espíritu obrando a través de Él, niegan que sea el Espíritu quien ha obrado (Mt. 12:22-32).

He llegado a la conclusión bíblica (vetero- y neotestamentaria) de que la mucha teología es una tendencia de la carne para disimular ante los demás y ante uno mismo la falta de intimidad con Dios. Tiene mucha apariencia de piedad, pero niega la eficacia de ella. No obstante, el reino de los cielos no consiste en palabras, sino en poder. La única explicación bíblica cuando alguien dice creer pero no experimenta el poder —en vidas trasformadas, milagros y guía del Espíritu— es que tal persona está caminando conforme al mundo y la carne. Y como no experimentan nada, suplen con palabras vacías las enseñanzas de Cristo y las llenan de asteriscos y otrosíes para justificar “el silencio de Dios” al que su ateísmo práctico los ha llevado. No obstante, Pablo nos deja la siguiente lección:

No me atreveré a hablar de nada sino de lo que Cristo ha hecho por medio de mí para que los no judíos lleguen a obedecer a Dios. Lo he hecho con palabras y obras, mediante poderosas señales y milagros, por el poder del Espíritu de Dios (Ro. 15:18-19).

Tengamos en cuenta que el testimonio de Pablo es diferente al de Pedro y Juan. Pablo no caminó con Jesús durante su ministerio terrenal. Pablo, como nosotros, pertenece a quienes habían de conocer a Cristo después de sus primeros discípulos. Sin embargo, la vida de Pablo muestra que el poder de Dios no estaba reservado solo para la primera generación de creyentes. Y como para ratificar que tal privilegio no era solo para Pablo, el anónimo autor de Hebreos reconoce que es también creyente de segunda generación pero que vio y experimentó los milagros y los dones del Espíritu Santo:

Esta salvación fue anunciada primeramente por el Señor y los que la oyeron nos la confirmaron. A la vez, Dios ratificó su testimonio acerca de ella con señales, prodigios, diversos milagros y dones distribuidos por el Espíritu Santo según su voluntad (He. 2:3-4).

Los autores del Nuevo Testamento no querían que solo creyéramos por su testimonio. Más bien, entendían que el cristianismo se trataba de que todo creyente pudiera experimentar el poder que levantó a Cristo de entre los muertos y su propósito era impulsarnos a ello. Por lo tanto, nuestro llamado como padres es a vivir guiados por el Espíritu Santo, de tal forma que su poder sea evidente para nuestros hijos. De esta manera, los llenamos de razones para creer y les quitamos las excusas para no hacerlo. Más aún, el llamado de todo líder es a vivir de esta misma manera, para que quienes los sigan tengan razones para creer y se queden sin excusas para no hacerlo.

La visión

Imagen generada por ChatGPT.

Otro rey había muerto. Once descendientes y 230 años después, la promesa seguía sin cumplirse. Este, más que todos los anteriores desde la división del reino, parecía que iba a ser el elegido. Siguió a Dios y comprendió sus caminos; conquistó a los filisteos y a los árabes; hizo tributarios a los amonitas; reestructuró y dotó a su ejército; hizo florecer la ciencia y la ingeniería en ciudades, campos y desiertos; y convirtió a su reino en potencia para admiración de todos los demás. Desde la división, ningún gobernante había expandido tanto el dominio de su reino. Pero el corazón del hombre es fácilmente corruptible, y el poder, que tiene voluntad propia, traicionó al rey, llevándolo a su muerte. El éxito se le subió a la cabeza y quiso hacer también de sacerdote, por lo cual Dios lo castigó con lepra, forzándolo a dejar su trono en vida, apartado de todos los demás, mientras su hijo gobernaba en su lugar durante once años, hasta de su muerte.

Cuando la bendición tarda en cumplirse, pesa como maldición y nos comienza a parecer que nos imaginamos la voz que la promulgó, que nunca fue verdad; la esperanza se aferra entonces a la promesa con una fuerza solo comparable a la infinita resignación que la espera produce. El pueblo estaba descorazonado, la familia real, desolada. Y precisamente en aquel momento, uno de los príncipes tuvo una visión tan magnífica como aterradora:

En el año de la muerte del rey, vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime.

El Dios de su pueblo, el de sus ancestros, estaba sentado en su trono alto y sublime, resplandeciendo con toda su gloria, mientras los serafines que lo rodeaban le cantaban permanentemente «¡Santo, santo, santo, Yahvé Sebaot, que llena toda la tierra de su gloria!».

No hay realeza que pueda preparar a príncipe alguno para presenciar tanta majestad. El príncipe estaba espantado. Pero en medio de su espanto, entendió. Había muerto el rey, pero el Rey vivía para siempre. Los reyes de la tierra —sin importar cuán ilustres— mueren como sus regidos —sin importar cuán vulgares—. Por lo tanto, la promesa no podía recaer sobre un simple ser mortal. Ni siquiera sobre uno angelical, pues los serafines, espectaculares como eran, tampoco podían contemplar de frente la gloria del Rey. El heredero debía ser superior a los hombres, ¡superior a los ángeles! Debía ser divino. El pacto con el rey pastor requería la encarnación del Dios verdadero en uno de sus descendientes. Solo de esta manera, ¡y de ninguna otra!, se cumpliría la promesa.

Su visión del Rey de los cielos determinó su llamado. Después de otro rey muerto, diría al nuevo monarca incrédulo:

¡Escuchen ahora ustedes, los de la dinastía de David! ¿No les basta con agotar la paciencia de los hombres, que hacen lo mismo con mi Dios? Por eso, el Señor mismo les dará una señal:
La virgen concebirá y dará a luz un hijo y lo llamará «Dios con nosotros».
Porque un niño nos es nacido,
un hijo nos es dado,
y el principado será sobre su hombro.
Y será su nombre
Admirable Consejero, Dios Fuerte,
Padre Eterno y Príncipe de Paz.
Su soberanía se extenderá
y su paz no tendrá fin.
Gobernará sobre el trono de David
y sobre su reino,
estableciéndolo y sosteniéndolo
con justicia y rectitud
desde ahora y para siempre.

The writer’s conclusion

Rembrandt – Belshazzar’s Feast. National Gallery (dominio público).

Some years ago, the magazine Inference invited me to respond to David Berlinski’s essay The Director’s Cut. I wrote the response in Spanish, and they kindly translated it into English. However, using Grammarly, I have now translated it according to my own taste, so I am publishing the English translation here on my blog.

The text discusses Gödel’s first incompleteness theorem (FIT). Berlinski spends nearly two-thirds of the text— which is not intended to be formally mathematical— explaining the idea Gödel used for the proof.1 Then, suddenly, he begins to talk about the implications of the theorem in the philosophical discussion about whether the mind is merely a computer or something more, the so-called «Gödelian argument.»2

In fact, the writing has an engaging and rather formal flow until the explanation of Gödel and Tarski. When it turns to the mind-machine problem, the mathematical depth is relegated (because the topic is no longer as mathematical but more philosophical), and it is almost as if a new writing begins, perhaps also engaging, but in a different direction.

It was the composition that struck me as most strange in Berlinski’s essay. First, after reading it several times, it remains unclear to me whether the mention of the mind-machine problem was merely a parenthetical comment or if it was the point the author intended to make. Second, the final section of the essay, also called «The Director’s Cut,» can be read in both ways, as a conclusion that encompasses the mind-machine problem or as a general reflection on what the FIT provokes, that has little or nothing to do with the Gödelian argument.

Thus, although I immensely enjoyed Berlinski’s explanation of the FIT demonstration, since I have little to add, I will focus on his insights regarding the mind-machine problem and his conclusion.

Unease for the modern man

It must be conceded that, in the most formal sense, it is difficult, based on Gödel’s incompleteness theorems or one of their corollaries, to conclude that the mind is more than a machine. From the statement «A formal system is consistent if and only if it has undecidable propositions,» as Hillary Putnam stated, not much more can be said.

However, it cannot be denied that there is something provocative in the incompleteness theorems that leads one to think that the human mind is more than a machine. Whether this point can (or cannot) be deduced from the theorems is not as interesting to me as how evocative they are in this direction. There is something in the incompleteness theorems that at least invites us to question whether the mind is merely a machine.3 Berlinski cites Gödel on this twice, which demonstrates that even Gödel could not escape the question. And even though Gödel’s response seems more like an application of his own result, thus giving the problem a certain air of undecidability, what is important here is that, even by his own questions, it is clear that there is something in the theorems that leads us to consider the matter.4

Is it that, as John Lucas and Roger Penrose say, we can detect truths that the formal system cannot decide? Is it that we can see symbols and go beyond the signs, something that computers (as we define them today) cannot do? It does not matter much; the point is that, with something in the theorems that leads to going beyond mechanistic views, the modern ideal is already the big loser.

Tekel

It is a common belief that mathematics is devoid of paradoxes and possible contradictions. Nevertheless, paradoxes have been discovered for centuries. When Bertrand Russell and Alfred North Whitehead published their Principia Mathematica, they aimed to free mathematics from them.5 The spirit of the times had everything to do with it. Modernity exalted reason above all else, so logical reasoning had to be reliable. The illuminated Enlightenment was contrasted with the obscurantist Middle Ages, and this had to be transparent to everyone. Comte, Russell, Wittgenstein, the Vienna Circle, and the Hilbert program are all points that sought to converge toward logical positivism.

Knowledge, to be regarded as such, must be subject to reason, and this must be done with strictly logical criteria. Gödel, with his theorems, undermines this ideal: there are true propositions that we are aware are true but that are beyond the reach of the formal system. Lucas and Penrose are correct about this. While it is true, as Putnam said, that the FIT viewed from the inside says nothing, it is also true that, when viewed from the shore, we see true propositions that the system cannot find. Perhaps this was Berlinski’s intention when he explained in detail the path of the proof up to Gödel’s definition 46, Bew, because, as he says: «Looking at his own film, the director is now able to see himself watching his own film.»

Gödel eliminates the modern ideal. While his FIT does not strictly prove that the mind cannot be reduced to a machine, it throws open the door to consider it as something more, and it also ends any pretense of subjecting all knowledge to a series of logical steps. The big loser is modern positivism in all its forms. Modern science was supposed to demonstrate beyond any doubt that the mind was reducible to a mechanism. Not only has it failed to do so, but Gödel leads us to question this postulate. The FIT leaves a the mouth of the modern man with a uncomfortable sense of tastelessness: it asserts that a formal system is either consistent or complete, but not both. It would be desirable to have both, but if one cannot have both, at least it is preferable to sacrifice completeness rather than consistency. So, we still hope that the system will be consistent.

Of Terence Tao and Edward Nelson

In 2011, the late Edward Nelson, a renowned mathematician from Princeton University and a former member of the Institute for Advanced Study, announced that he had demonstrated the inconsistency of arithmetic. The matter gained attention on social media when John Baez posted it on the blog The n-Category Café. Though Baez stated in the original blog that Nelson’s result was too technical for him to follow, Terence Tao and Nelson had a fascinating conversation in the blog’s comments on the same day.

Perhaps what caught the attention of all the mathematical nerds following the news at the time was that Tao, the mathematician who is considered by many to be the Carl Friedrich Gauss of our times, had to intervene on social media to clarify the matter. This demonstrated the importance of the discussion.

A not-so-small part of me, I confess, began to shift from fascination to morbid curiosity. What would happen if Nelson’s result held? What would be the mathematical implications? What part of arithmetic would remain intact? Which of our rational arguments would still stand?

But the excitement lasted little for me. In the back-and-forth of the conversation between Tao and Nelson, the former found a flaw in the latter’s proof, and Nelson ended up retracting. Nevertheless, something became clear to me: despite the vast majority believing, without having read the proof, that Nelson was wrong, the possibility that he was right remained open, and the confusion witnessed that day spoke louder than words. Baez:

Most logicians don’t think the problem is “making a consistent arithmetic” – unlike Nelson, they believe the arithmetic we have now is already consistent. The problem is making a consistent system of arithmetic that can prove itself consistent… Nelson doubts the principle of mathematical induction, for reasons he explains in his book, so I’m sure his new system will eliminate or modify this principle… Needless to say, this is a radical step. But vastly more radical is his claim that he can prove ordinary arithmetic is inconsistent. Almost no mathematicians believe that. I bet he’s making a mistake somewhere, but if he’s right he’ll achieve eternal glory.

Baez was right: Edward Nelson made a mistake in the demonstration and retracted it. However, despite the fact that Nelson’s first attempt at proof fell through in 2011, he continued to work on the matter until he died in 2014. During this period, he produced two works entitled Inconsistency of Primitive Recursive Arithmetic and Elements, which were uploaded to arXiv posthumously. Both contained an identical epilogue written by Sam Buss and Terence Tao. «Of course, we believe that Peano arithmetic is consistent; therefore, we do not expect Nelson’s project to be completed according to his plans,» the two mathematicians wrote at some point in the epilogue.

In the two parts where Baez uses the verb to believe in his citation, the emphasis is my own, as in the citation of Buss and Tao. In both comments, the use of the verb could not be more appropriate. Given the impossibility of showing that a formal system satisfying the conditions of the incompleteness theorems can be both complete and consistent, the only solution is to accept whatever we accept about consistency by faith. Faith is the most important of the mathematician’s and logician’s tools. It makes no sense for the mathematician to develop mathematics if he believes that the system is not consistent, but this consistency is something that he cannot know, only believe to be true at most.

The writer’s conclusion

Modern science was supposed to move from religion to logical knowledge. Still, Gödel’s second incompleteness theorem (SIT)—which shows that even if a system is consistent, it cannot prove its consistency—leads us to the conclusion that mathematics, our most formal form of knowledge, cannot be based on logic, so continuing to accept it requires faith. Poor Comte.

“No formal system can explain itself. It cannot state anything, and we cannot say everything,” says David Berlinski in the conclusion of his writing. Berlinski stops at the FIT, at undecidability.6 It’s fine; there was no need to go further to the SIT, a result he only mentions in passing once. However, it would have been useful for him to reinforce the fact that we cannot say everything. The hope for consistency has turned into uncertainty. The tastelessness of the FIT has turned into bitterness with the SIT. The best we can aspire to is to have no certainty of consistency because once we prove that the system is consistent (or that it is not), we will have merely demonstrated its inconsistency.

Indeed, the formal system cannot explain itself. Furthermore, as Berlinski said, it cannot say anything. Put another way, from the perspective of SIT once again, it can say many things, but none will be definitive. How do we know that some Edward Nelson does not emerge with a working demonstration that arithmetic is inconsistent in the future?

A few days ago, the writer Arturo Pérez-Reverte, a fellow of the Royal Spanish Academy, published the following thread of three tweets, which I translate here in full:

Before going to sleep (I just returned from a trip), I leave you, or I propose, an idea that has been in my head for a long time: the perfect and impossible novel, in case any of you is truly gifted (as there must be someone) and feels inspired to write it.

Write a novel whose last page is identical to the first and compels readers to return to the first page so that the new reading of the book, in light of what has already been read, provides a different experience. And dedicate the novel to Borges.

Good night.

The perfect novel that Pérez-Reverte dreams of will have to be based on Gödel’s incompleteness theorems. After all, the crux of Modernity has left us as we began: it is not just that we cannot decide; it is that even our most formal systems require faith. Just as it was before Modernity. The last page of history does not differ from the first, but it does compel us to read anew, “[the incompleteness theorems] have changed the way we see things.”7 Before Modernity, we sensed that we had no way to ground reason outside of faith. Now we know.

There is only one novel. All the others are just derivations of Don Quixote. A tribute to Borges

Notes

  1. Dan Gusfield, from the University of California, Davis, has a test in the ‘Goldilocks zone’ that is neither too formal to become incomprehensible to the average person nor too relaxed to become superficial. It is suitable for second-year undergraduate students. The written version is here, and the video version is here.
  2. Philosophers refer to this discussion as the «Gödelian argument in the mechanistic conception.» It is a long and tedious name.
  3. And that something, by the way, is not questioned by computers.
  4. In a writing by Jack Copeland, also cited by Berlinski, it states that Gödel seemed to lean more towards immaterialism. The Spanish Wikipedia entry on Gödel’s incompleteness theorems also affirms this: «[Marvin] Minsky has reported that Kurt Gödel told him in person that he believed humans have an intuitive, not just computational, way of reaching the truth and therefore his theorem does not limit what can be known as true by humans.» Unfortunately, Wikipedia does not provide any references.
  5. For example, see this talk by Douglas Hofstadter.
  6. And in the concept of truth in formalized languages of Tarski.
  7. Berlinski, The Director’s Cut

Witness and intelligence

“If I testify about myself, my testimony is not true” (John 5:31)

These words of Jesus surprised me a few days ago, my son. They caught my attention for at least two reasons: my Lord’s humility and its stark contrast with the world.

As for the latter, the people of the world live by promoting themselves. Particularly in academia and in the United States, this is overblown (although Mom, who knows the Colombian corporate world very well, tells me that it is not different there). There are too many people around me of meager talent whose only virtue to reach success has been their ability to sell their name. If it is annoying to see a capable person promoting himself, you will soon realize how unpleasant it is to see an incapable person climbing the ladder just because he sells himself well.

This is where my Lord’s humility comes as such a contrast. It is the Incarnated God Himself who is speaking here! The Second Person of the Trinity! The Son of God! The Son of Man! And yet He says that if he were to testify about Himself, His testimony would not be valid. Jesus changed the world and split human history into two without testifying of Himself. Instead, He bore witness to God the Father and, in His own words, He left it to the Father to bear witness for Him: “The Father who sent me has himself borne witness about Me.” Indeed, the four Gospels tell us that when Jesus was baptized, the voice of God the Father was heard saying from heaven, “This is my beloved Son, with Whom I am well pleased” (see, e.g., Matthew 3:17).

Who are we going to follow? I admit that I promoted myself many times. But for us who have decided to follow Christ, believe in Him, and imitate Him, the only option is not to give glory to ourselves but to our God. Therefore, this is the criterion to use from this point on: if what I am going to say is to praise myself, it is wrong; if what I am going to say bears witness to our good God, it is worth it.

To round out the matter, I was also reading Deuteronomy 4: 5–6:

See, I have taught you statutes and rules, as the Lord my God commanded me, that you should do them in the land that you are entering to take possession of it. Keep them and do them, for that will be your wisdom and your understanding in the sight of the peoples, who, when they hear all these statutes, will say, ‘Surely this great nation is a wise and understanding people.’

Let me be absolutely clear about this: the Mosaic law is not for believers to fulfill. However, the written word in the old covenant is a type of the Word made flesh in the new one (Hebrews says that the law is a shadow of the good things to come, not the very presence of these realities), namely of Jesus, the Logos. What this means is that, although we are not called to fulfill the law of Moses, the attitude that the old covenant asks of the people of Israel with respect to the law is the attitude that we are to have with respect to the words of our Lord Jesus Christ.

Thus, the equation is clear: if I obey and practice the words of my Lord, He—not I, but He—will show my wisdom and understanding to others. Well, I am not looking for recognition anymore (it just took me 40+ years to figure this out!), but I feel great peace by knowing that my life is in God’s hands. What is important to me is that the words of Jesus have an unequivocal message: it does not matter that I live in an academic environment where appearing smart is seen as an asset because it’s not about selling myself; it’s about giving glory to Him.

I have been looking for a new job for three years and have deeply longed to change the one I now have, but the end does not justify the means. If change is going to happen, let it be in God’s way so that it will be worth it for eternity. If not, I am not interested.

No soy más protestante

Hace ya un tiempo que en mi corazón dejé de ser protestante. Poco a poco fui abriendo los ojos a las falencias del protestantismo hasta que se volvió insostenible para mí continuar profesándolo. Por supuesto, esto no me aleja un ápice de mi Señor Jesucristo. Al contrario, es mi anhelo de mayor cercanía con Él lo que me lleva a ello. Las razones puntuales son principalmente las siguientes:

  1. Entre sus famosas cinco solas (sola gracia, sola fe, sola Escritura, solo Cristo y solo a Dios sea la gloria), nada más una es suficiente y necesaria: solo Cristo. Solo a Dios sea la gloria es un corolario natural de solo Cristo.

  2. En cuanto a sola gracia y sola fe, son afirmaciones que contradicen la Escritura, y además se contradicen mutuamente. Por ejemplo, en términos soteriológicos, la gracia y la fe no pueden estar divorciadas, sino que van juntas (Efesios 2:8-9). Sola gracia o es universalismo o deriva fácilmente en ello, sola fe o es pelagianismo o deriva fácilmente en ello. Y si se necesitan juntas, pues no están solas. El problema, por supuesto, no es la gracia ni la fe; el problema es el adjetivo que les montó Lutero: solas.

  3. En cuanto a sola Escritura, es una reducción al absurdo por su solo planteamiento, pues fue hecha para contrarrestar el efecto de la tradición en la historia de la Iglesia, pero es una declaración cuyo único fundamento es la tradición que comienza con Lutero en 1517. Por supuesto que Dios habla a través de la Biblia, pero la Palabra por antonomasia en el Nuevo Testamento es Cristo, el Logos. Los protestantes, al hacer de la Biblia la Palabra de Dios, la terminaron idolatrando, produciendo una cantidad gigantesca de errores doctrinales; entre ellos, hacer más importante su interpretación de San Pablo que las palabras de Cristo. No obstante, es clarísimo de la misma Biblia, en los dos Testamentos, que Dios habla de muchas maneras, incluyendo la naturaleza (Salmo 19), los burros (Números 22) y personas increíblemente malvadas como el Sumo Sacerdote Caifás, quien orquestó la crucifixión de Jesús (Juan 11:49-51). El Espíritu Santo es la única Guía autorizada por Cristo para sus seguidores durante su ministerio terrenal, no otra. Y si creemos que Dios nos habla a través de la Biblia es porque creemos que el Espíritu Santo guió a los autores bíblicos a escribir de la forma en que lo hicieron. Pero esa misma guía del Espíritu sigue vigente y no solo habla Dios por medio de la Escritura, sino por medio de sueños, por su voz en nuestro propio corazón e incluso por medio de otros santos en la historia del cristianismo, quiere esto último decir… tradición.

  4. En cuanto a sola fe, independiente de las obras, quizás sea la afirmación que más gente termine enviando a la condenación eterna en toda la historia del cristianismo. Nunca, nunca, dijo Jesús que la sola fe, independiente de las obras, fuera suficiente para la salvación. Ahora, Jesús dijo que la fe era necesaria, mas nunca dijo que la sola fe fuera suficiente. Tampoco es una enseñanza paulina. El contraste de las obras en Pablo no es con la fe sino con la gracia, como lo deja claro Romanos 11:6: «Y si por gracia, ya no es por obras» (cita que, a su vez, termina explicando a Efesios 2:8-9, que se ha prestado para confusiones). Más bien, uno de los más grandes aportes del cristianismo, sobre todo de San Pablo, es hacer explícito que no es posible actuar sin fe, pues todos actuamos de acuerdo a lo que creemos (¡incluso cuando pecamos!). Así las cosas, la separación de fe y obras en el protestantismo es casi indistinguible del gnosticismo: lo importante es creer de alguna forma abstracta mientras las obras suman cero. Entre tanto, los protestantes hacen mil malabares hermenéuticos para negar que Santiago afirma sin lugar a muchas interpretaciones que «el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe» (Santiago 2:24). ¡Y todo en nombre de la sola Escritura! U obvian que Pablo dijo que si tenemos fe pero nos falta amor, no somos nada y que es más importante el amor que la fe (1 Corintios 13).

  5. No creo que haya existido otro factor de desunión más grande en la historia de la Iglesia de Cristo que la reforma protestante, probablemente más que cualquier herejía. Se calculan más de 47 000 denominaciones protestantes en este momento en el mundo… y es frecuente que cada una de ellas afirme que su doctrina es la única válida, aun en comparación con otras denominaciones protestantes. Así, contra la oración sacerdotal de Jesús (que seamos uno, así como el Padre y el Hijo son uno; Juan 17:20-23), han sembrado más división en el reino de Dios que el arrianismo mismo, contradiciendo no solo las palabras de San Pablo (p. ej., Romanos 16:17, 1 Corintios 3) sino las del mismo Cristo (Mateo 12:25). ¡Y todo en nombre de la sola Escritura que profesan!

  6. El último rasgo, más sociológico y psicológico, es el fastidioso evangelicalismo gringo que parece ver en Estados Unidos el reino de Dios en la tierra (y como América Latina heredó su protestantismo de Estados Unidos principalmente, los protestantes latinoamericanos también así lo creen). Hasta en su escatología maniquea se han buscado la manera de meter a sus enemigos políticos, inventándose por ejemplo desde la Guerra Fría que Gog es Rusia para justificar sus oscuros movimientos, ignorando voluntariamente la milenaria tradición cristiana del país eslavo. En otro ejemplo reciente, se volvió común entre los creyentes de este país identificar al presidente Trump con Ciro rey de Persia, comparando a los evangélicos del país con los exiliados de Judá en Babilonia y Persia, al punto tal que cuando uno hablaba con ellos parecía que creyeran en la reencarnación. Por supuesto, no hay cabeza ni pies en el protestantismo, y eso incluye al evangelicalismo gringo, pero una muestra representativa de este tipo de pensamiento es el famoso escritor Eric Metaxas con afirmaciones como estas el día anterior a las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2024:

«Si su pastor no hace claro mañana desde el púlpito que usted debe votar en contra de la opción demócrata, que está a favor del asesinato de niños y del tráfico sexual, usted está en la obligación de dejar esa iglesia y llevarse sus diezmos con usted. ¡CRISTIANOS, esta es su responsabilidad!».

Sí. Casi todos ellos hablan de política a tiempo y fuera de tiempo y hacen más proselitismo que evangelización. Y la instrucción paulina no es a votar por este o aquel, sino a orar por quien sea que esté en el poder, cosa que rara vez los he visto haciendo cuando gobiernan aquellos con quienes no están de acuerdo. Su actitud es muestra fehaciente de que no creen en Jesús (ni en Pablo, ni en Santiago) y en su enseñanza sobre la oración eficaz del justo. Para ponerlo claramente, la solución a los problemas de Estados Unidos y del mundo no es Trump ni la derecha política, sino Jesús. Si las iglesias cristianas dejan de predicar a Jesús para enseñar otra cosa, son anatemas.

Tengo mucho por añadir con el tiempo a todo lo que aquí he escrito. Pero es claro que no puedo seguir profesando una creencia tan contraria a lo que me indica cualquier lectura superficial que pueda yo hacer de las palabras de Jesús. No soy más protestante.

Testimonio e inteligencia.

Si yo testifico en mi favor, ese testimonio no es válido (Juan 5:31).

Estas palabras de Jesús me sorprendieron hace pocos días, hijo. Me llamaron la atención al menos por un par de razones: la humildad de mi Señor y su marcado contraste con el mundo.

En cuanto a lo segundo, las personas del mundo viven de promocionarse a sí mismas. En particular, en la academia y en Estados Unidos me parece exageradísimo (aunque mamá, que conoce muy de cerca el mundo corporativo colombiano, me dice que allá no es muy diferente la cosa). Hay a mi alrededor demasiadas personas de talento exiguo cuya única virtud para llegar a los cargos que ocupan ha sido su habilidad de vender su nombre. Si es molesto ver a una persona capaz promocionándose a sí misma, te darás cuenta cuán desagradable resulta ver a una incapaz escalando posiciones solamente porque se vende bien.

Es aquí donde contrasta tanto la humildad de mi Señor. ¡Es el mismísimo Dios hecho hombre hablando! ¡La Segunda Persona de la Trinidad! ¡El Hijo de Dios! ¡El Hijo del Hombre! Y sin embargo dice que si testificara de Él su testimonio no sería válido. Jesús cambió el mundo y partió la historia de la humanidad en dos sin dar testimonio de sí mismo. En su lugar, dio testimonio de Dios Padre y, en sus propias palabras, dejó que el Padre se encargara de dar testimonio de Él: «El Padre mismo ha testificado en mi favor» dijo unos versículos más adelante. En efecto, los cuatro Evangelios relatan que cuando Jesús fue bautizado, se oyó la voz de Dios Padre diciendo desde el cielo: «Este es mi Hijo amado en quien tengo complacencia» (por ejemplo, Lucas 3:22).

¿A quién vamos a seguir? Yo reconozco que muchas veces me promocioné a mi mismo. Pero para nosotros, los que hemos decidido seguir a Cristo, creerle a Él, imitarlo a Él, la única posibilidad es no darnos gloria a nosotros sino a nuestro Dios. Este es el criterio a usar cuando hable de mí mismo: si lo que voy a decir es para alabarme a mí, está mal; si lo que voy a decir es para dar testimonio de nuestro buen Dios, vale la pena.

Para redondear el asunto, leía aquel día también Deuteronomio 4:5-6:

Miren, yo les he enseñado los estatutos y leyes que me ordenó el Señor mi Dios, para que ustedes los pongan en práctica en la tierra de la que ahora van a tomar posesión. Obedézcanlos y pónganlos en práctica; así demostrarán su sabiduría e inteligencia ante las naciones. Ellas oirán todos estos estatutos y dirán: «¡En verdad, este es un pueblo sabio e inteligente; esta es una gran nación!».

Déjame ser completamente claro con esto: la ley de Moisés no es para que los creyentes la cumplamos. Sin embargo, la palabra escrita en el antiguo pacto es un tipo de la Palabra hecha carne en el nuevo pacto (Hebreos dice que la ley es sombra de los bienes venideros, no la presencia misma de estas realidades), es decir de Jesús, el Logos. Lo que esto quiere decir es que, aunque no estamos llamados a cumplir la ley de Moisés, la actitud que el antiguo pacto le pide al pueblo de Israel con respecto a la ley es la actitud que hemos de tener nosotros ante las palabras de nuestro Señor Jesucristo.

Así, la ecuación es clara: si obedezco y pongo en práctica las palabras de mi Señor, Él se encargará de mostrar mi sabiduría e inteligencia ante los demás. No yo, sino Él. Pegando las palabras de Jesús y las de Deuteronomio el mensaje es inequívoco: no importa que me mueva en el medio académico, en el que parecer inteligente es tan importante. No se trata de venderme yo, sino de darle la gloria a Él.

Llevo tres años buscando un nuevo trabajo y anhelo profundamente poder cambiar el que tengo, pero el fin no justifica los medios. Si el cambio va a ocurrir, que sea a la manera de Dios para que valga la pena para la eternidad. Si no, no me interesa.

El Señor es mi Juez.

El aire acondicionado

La semana pasada se nos dañó el aire acondicionado. Justo cuando el calor del año (el verano, que aquí comienza en primavera) comenzaba y la temperatura se había disparado aquí en el sur de la Florida. Hablamos con el tío Francisco y nos recomendó a una persona honesta que viniera a repararlo.

La persona llegó al final de la tarde y trabajó por ahí una hora y media en el techo y en nuestro apartamento. Hizo los arreglos que tenía que hacer y el aire aparentemente quedó funcionando. Sin embargo, salimos a la piscina y al volver nos dimos cuenta de que la máquina botaba aire pero no enfriaba. Dos veces le hice una pequeña reparación en la misma línea de lo que vi hacer al señor que vino a arreglarlo pero seguía sin funcionar. Soplaba sin enfriar.

Ya era hora de acostarte (alrededor de las 8:00 pm), así que lo dejamos prendido, soplando, con la ilusión de que enfriara, pero no parecía. Al momento de dormirte, que es una de nuestras rutinas favoritas (cuando ya estamos acostados, yo leo la Biblia, tú tomas tetero agarrado de las orejas de mamá, meditamos en la lectura, apagamos la luz, oramos… a veces te duermes rápido y a veces das muchas vueltas…), yo me quedé orando en silencio que el aire funcionara.

Cuando finalmente te dormiste, mamá y yo salimos de la habitación. Le dije que oráramos los dos por el aire acondicionado y le habláramos con la autoridad que Dios nos había dado. Así que eso hicimos: primero oramos pidiéndole a Dios que hiciera el milagro; después, le hablamos al aire acondicionado (por eso la gente dice que los creyentes estamos locos…) y le dijimos que funcionara en el nombre de Jesús… ¡y comenzó a enfriar!

Yo no cabía en la ropa de la felicidad. Honestamente, el beneficio de que el aire enfriara se me volvió secundario al momento de orar. Ya ahí lo que importaba era la emoción de la oración respondida. Yo me devolvía como cada cinco minutos a ver el termostato y entre más bajaba la temperatura, más me emocionaba.

Fue espectacular. El Señor fue fiel a su palabra (Mateo 18:19-21) y se nos convirtió en una oportunidad excelente de experimentar y testificar del poder de Dios a nuestro favor.

Me trajo a la memoria una historia de George Müller en la que, según la recuerdo de mis lecturas, en un invierno se le dañó la calefacción del orfanato y el daño estaba en alguna parte desconocida del ducto, que estaba dentro de una pared. La persona que fue a repararlo le dijo preocupada que era muy difícil adivinar dónde estaba el daño. Así que Müller oró y el Señor les mostró el lugar específico, de manera que solo tuvieron que abrir ese pedazo para que la calefacción volviera a funcionar.

¡Renunciamos!

Muchas cosas han ocurrido en los últimos días. Después de estar muy enfermo y estresado por mi trabajo, al punto de perder el sueño casi por completo y hasta llegar a creer que estaba en riesgo de un infarto, tras orar mucho con mamá, decidimos que lo mejor era renunciar.

La Universidad de Miami ha sido un empleador ingrato, por decir lo menos. Pero no quiero hacer de este escrito un memorial de agravios, aunque sí quisiera escribir alguna vez las cosas que allí me han ocurrido. En lo que aquí quiero enfocarme es en la razón por la cual tomé la decisión de retirarme de la Universidad (al menos de la Facultad de Medicina, porque existe una leve posibilidad de mudarme a la Facultad de Artes y Ciencias, que no descarto todavía por completo, aunque sí me siento muy inclinado a hacerlo).

Hace mucho que no quería seguir con este trabajo. Y no me refiero a meses, sino años. Por ejemplo, el año pasado, después de otra nueva grandísima desilusión, estuve al borde de hacerlo por las poco beneficiosas condiciones de trabajo para mí, que tienden a empeorar con los días y que están enterrando mi carrera. Pero como ahora soy padre de familia y mi trabajo es la fuente de ingresos para mamá y para ti, me contuve. Y aunque todo me dolía por dentro, con resignación seguí.

No obstante, la decisión me pesaba. Verás, la resignación es una forma de pecado porque revela falta de fe. Por eso me sentía tan inconforme. Porque, mamá y toda la familia lo sabe, llevo tres años buscando otro trabajo y no lo he conseguido. Una posible explicación a ello es que mi falta de productividad en mis años de depresión me llevó a no tener tantas publicaciones ni historial de grants, así que mi perfil puede no resultar tan atractivo. Así que me he sentido peleando contra el mundo y muchas veces he tenido que batallar con el sentido de frustración.

Pero hay algo que vas a aprender de mí, y es que con mi Señor la resignación no es una posibilidad. Yo estoy dispuesto (¡espero!) a sufrir por amor a mi Dios y por amor al prójimo, pero estoy muy poco dispuesto a resignarme a dejarme enterrar por una situación, como si no supiera que mi Dios es el Todopoderoso y me ama con locura. La resignación para el creyente es pecado porque revela falta de fe. Por eso me pesaba continuar. Por eso no podía continuar. Y sin embargo…

¿Qué me llevó a tomar la decisión? La voz de Dios hablando a mi corazón. ¿Cómo ocurrió? He estado leyendo Marcos por estos días. Había leído cómo Jesús alimentó a los cinco mil con cinco panes y dos peces y, poco después, cómo alimentó a cuatro mil con siete panes y unos pocos pescaditos.

Tiempo después (no sabemos qué tanto), Marcos narra que Jesús tuvo un altercado con los fariseos y se fue en la barca con los apóstoles, que habían olvidado llevar comida y solo tenían un pan. El Señor les dijo que debían cuidarse de la levadura de los fariseos y de Herodes (por cierto, ¡justo los religiosos y los políticos!). Los apóstoles se preguntaron si les estaba diciendo esto porque no llevaban comida, así que Jesús los llevó a la siguiente conversación (Marcos 8:14-21):

—¿Por qué están hablando de que no tienen pan? ¿Todavía no ven ni entienden? ¿Tienen el corazón endurecido? ¿Es que tienen ojos, pero no ven, y oídos, pero no oyen? ¿Acaso no recuerdan? Cuando partí los cinco panes para los cinco mil, ¿cuántas canastas llenas de pedazos recogieron?

—Doce —respondieron ellos.

—Y, cuando partí los siete panes para los cuatro mil, ¿cuántas cestas llenas de pedazos recogieron?

—Siete —dijeron.

—Y todavía no entienden.

No puedo describirte con palabras la paz que sentí en mi corazón en ese momento, el peso que se me quitó de los hombros. Mi buen Dios me recordaba lo que Él puede hacer y que, conforme a su promesa del Sermón del Monte de proveer para todas nuestras necesidades si buscamos primeramente el reino de Dios y su justicia, Él iba a tener cuidado de nosotros. Desde aquel momento empecé a recuperar el sueño y mi digestión se normalizó. Yo no voy a ser de los que no tienen fe, de los que se resignan como si no tuvieran Dios. Y es mi oración que Dios nos dé fuerzas a mamá y a mí para mostrarte —y a muchos más a partir de ti, nuestra semilla de Mostaza— cuánto vale la pena confiar en Él.